El estrés postraumático es una reacción de ansiedad que puede aparecer después de vivir una situación en la que hemos estado o nos hemos sentido en peligro. Es un mecanismo de protección que pone en marcha el cerebro para alejarte de posibles riesgos.

El ciervo herido (1946) – Frida Kahlo

Después de un hecho traumático, el cerebro aprende rápido: intenta evitar que volvamos a pasar por una experiencia similar. Por ejemplo, si hemos sufrido un atraco, es normal que al volver a esa misma calle sintamos una ansiedad intensa. Es como si nuestra mente dijera: “cuidado, aquí hubo peligro”.

El problema es que, a veces, este sistema de alarma se vuelve demasiado sensible. Ya no solo reacciona ante esa calle concreta, sino también ante otras parecidas, el barrio entero o incluso situaciones que no tienen relación directa. El cerebro se queda en “modo alerta”, y eso hace que reaccionemos con sobresaltos o tensión ante estímulos cotidianos: un ruido, una voz más alta, alguien llamando a la puerta.

¿Cómo suele evolucionar?

Aunque cada persona lo vive de forma distinta, podemos identificar las siguientes etapas:

  • Respuesta inicial o aguda: puede durar días o semanas tras el incidente. Hay una sensación de desconexión, como si todo fuera irreal o difícil de comprender.
  • Estado de alerta y ansiedad: poco a poco se retoma la actividad, pero persiste una sensación de peligro constante y una inquietud física que es difícil de calmar.
  • Crisis de ansiedad inesperadas: incluso cuando parece que todo está mejor, pueden aparecer reacciones intensas sin una causa clara. El cerebro no ha olvidado que una vez estuvo en riesgo y ocasionalmente decide recordarlo. A menudo surgen en momentos de calma.

¿Se puede superar?

Sí. Y, en muchos casos, mejor de lo que imaginamos. Además de tiempo también necesitamos poner de nuestra parte.

¿Qué hacer?

Un aspecto clave es recuperar poco a poco la normalidad. Sentimos que la vida ya no es igual y recuperar la rutina y asumir nuestras obligaciones diarias nos permitirá centrarnos en aspectos cotidianos que nos ofrecen un sentido de realidad tangible. Este camino será más o menos costoso en función de las secuelas tanto físicas, emocionales y sociales que haya implicado el trauma.

No será fácil. La mente tiende a ver peligro donde ya no lo hay: puede aparecer miedo en situaciones aparentemente seguras, como acudir a una cita médica o enfrentarse a una entrevista de trabajo. Además, es habitual que los recuerdos dolorosos vuelvan una y otra vez, aunque intentemos evitarlos.

Aun así, es importante mantener una dirección: levantarse cada día con el objetivo de seguir adelante, atender las propias responsabilidades y, también, reservar espacios para descansar o disfrutar, aunque al principio cueste.

¿Cuándo pedir ayuda?

El estrés postraumático puede llegar a afectar de forma importante al día a día. Conviene buscar apoyo profesional cuando la ansiedad es tan intensa que dificulta llevar una vida mínimamente funcional o cuando sentimos que no podemos avanzar por nuestra cuenta.

Resumiendo

  • Si el impacto ha sido moderado, es recomendable retomar gradualmente la rutina. Este proceso puede llevar semanas o meses. El principal riesgo es empezar a evitar lugares, personas o actividades, reducir lo que antes nos resultaba agradable o quedarnos atrapados en pensamientos repetitivos sobre lo ocurrido.
  • Si la ansiedad es muy intensa y no permite afrontar las demandas cotidianas, la intervención psicológica resulta necesaria, tanto para tratar un posible trastorno de estrés postraumático como para prevenir que se consolide. En estos casos, cuanto antes se intervenga, mejor.