¿Cuántas veces te ha pasado que has comenzado a darle vueltas y más vueltas a una idea negativa en la cabeza sin llegar a ninguna parte? Lo único que has conseguido es acabar más triste o preocupada, o desconfiando de las intenciones de las personas que te rodean. A esto, en psicología, lo llamamos rumiar: pensar sobre una idea de manera desorganizada, generando con ello más pensamientos negativos.
Sabemos que los pensamientos y las emociones están conectados. Que cuando pensamos en un hecho que genera tristeza, aunque sea imaginario, evoca tristeza dentro del cerebro. Y cuando digo «evoca» me refiero a que el cerebro se pone en modo «tristeza», empujando a la persona a realizar conductas propias de alguien que se encuentra triste, como puede ser aislarse o dejar de hacer cosas que le ofrecen satisfacción, generando con ello aún más tristeza.
Si es un pensamiento ocasional, el efecto es apenas perceptible. Habremos tenido un día malo. Eso nos ha pasado a todas. Pero si acostumbramos a darle vueltas a las cosas, esto es, a rumiar los pensamientos, acabarán influyendo negativamente en la vida.
¿Por qué rumiamos entonces?
Cuando algo nos importa mucho, el cerebro lo guarda a mano. Como cuando ponemos un enlace a un archivo en el escritorio del ordenador para que nos resulte fácil localizarlo. El cerebro lo hace así porque se supone que, si el tema es importante, habrá que darle una solución y no nos podemos arriesgar a que caiga en el olvido. Si tengo dificultades económicas es mejor que no me olvide de ello para no gastar el dinero en cosas superfluas.
El problema aparece cuando me angustio o preocupo por aspectos que no están pasando, que tienen una pequeña posibilidad de que pasen o que, aunque estén ocurriendo no son tan graves para que les dediquemos nuestra atención. Pongamos un ejemplo. Te ha llegado un requerimiento de Hacienda para que justifiques un cobro y, desde entonces, no paras de pensar en las posibles consecuencias que puede tener ese hecho para ti. A todas horas, en cada minuto libre e incluso mientras trabajas.
En lugar de pensar en cómo afrontar la petición de Hacienda, comienzas a imaginar que ese es el primero de otros requerimientos, que a partir de ahí vas a estar más vigilado y que tendrás una revisión exhaustiva cada año, que esa desgravación que hiciste del coche la multarán y tendrás que ampliar la hipoteca para solventar el coste y, dos horas después de imaginar cosas que no están pasando, consideras que es una posibilidad real acabar en la cárcel por delito económico.
Al final no solo no has contestado al requerimiento, porque te genera tanta ansiedad que no has podido leerlo detenidamente, sino que tienes un malestar que no se corresponde con lo que ha ocurrido, porque lo que ahora te importa no es lo que ha pasado, sino lo que imaginas que puede pasar.
¿Qué podemos hacer para que la rumiación no nos lleve a túneles oscuros?
Vamos a verlo.
– Pensar para decidir: todo problema tiene una conclusión. Unas veces porque lo solucionamos (con mayor o menor coste) y otras veces porque no podemos solucionarlo y tenemos que aceptar las consecuencias. Puede que podamos hacer un requerimiento a la carta de Hacienda o puede que tengamos que devolver los 3251 € que nos piden, sin posibilidad de evitarlo.
– Ejecutar la decisión: nos puede gustar más o menos, pero hemos llegado a una determinación sobre el problema que nos acucia. Pues nos atenemos a ella y no volvemos a dar más vueltas al asunto. Enviamos la carta del requerimiento o buscamos el dinero que tenemos que devolver y hacemos la transferencia.
– Cuando los pensamientos me acechan: mi cerebro sigue insistiendo en lo mismo. Normal. Igual le he dedicado días enteros a encontrar una solución, a hablar con mucha gente, a buscar información sobre el asunto. ¡Hay un montón de datos sueltos y novedosos a mano! Y mi cerebro los recupera y vuelve a pensar en Hacienda.
– Pensar en otra cosa: Es difícil. Pero es la única manera de ir «desactivando» el problema en nuestra memoria. Ha sido muy impactante y es como si lo tuviéramos subrayado con fosforescente amarillo. Solo hay una manera de hacerlo menos accesible y es no activándolo, no pensar en ello. Para ello es importante distraerse; hacer actividades que nos entretengan mucho, escuchar podcasts, leer, hablar con amigas, jugar a la consola. Cualquier cosa en la que me sea relativamente fácil poner mi atención.
– Centrarme en mi vida: una vez la distracción me ha ayudado a deshacerme del pensamiento intrusivo, vuelvo a mi vida real, a ocuparme de las tareas que sostienen mi vida.
Y si sientes que has dejado de controlar tu mente, que, aunque pongas todo tu esfuerzo, vuelves una y otra vez sobre el mismo tema y notas una pesadumbre y ansiedad constantes que se van intensificando con el tiempo, puede que sea el momento de solicitar ayuda psicológica.
